Información
- Cocina: Mariscos, Asturiana, Pescados
- Precio: $$-$$$
El Muelle debe su nombre a su ubicación privilegiada: en el puerto de Ribadesella, con las lanchas pesqueras como vecinas más cercanas y la ría del Sella como telón de fondo. Es uno de esos restaurantes donde el pescado que te sirven en el plato probablemente estaba en el mar esa misma mañana.
La carta está dominada por el producto del Cantábrico: bonito fresco en temporada, rape a la parrilla, chopa a la sal, y una variedad de mariscos que incluye desde percebes hasta bugre, pasando por las inevitables y deliciosas nécoras de la costa asturiana.
El arroz con bogavante es uno de los platos estrella de la casa, con un caldo intenso y un bogavante de buen tamaño que convierte el plato en una experiencia completa. La fritura de pixín (rape) con pimientos de padrón es otra apuesta segura para quien busque algo más informal pero igualmente sabroso.
El local combina la funcionalidad de un restaurante de puerto con toques de cuidado en la decoración: muros encalados, detalles en azul que recuerdan al mar, y una terraza que en verano es el mejor sitio de Ribadesella para comer con brisa marina.
Ribadesella es un pueblo que vive del turismo, y El Muelle sabe darle al visitante exactamente lo que busca: pescado fresco, vistas al mar y un trato amable. Los precios están en la línea de los restaurantes de puerto asturiano: platos principales entre 18 y 30€, raciones de marisco a peso, y un menú del día que ronda los 20€ entre semana.
Después de visitar las cuevas de Tito Bustillo o de hacer la senda costera, El Muelle es el lugar perfecto para reponer fuerzas con lo mejor del mar Cantábrico.
Ribadesella tiene una ventaja que pocos puertos pueden presumir: la desembocadura del río Sella crea una zona de mezcla de aguas dulces y saladas que enriquece el fondo marino con nutrientes. Eso se traduce en un marisco de sabor más intenso, con una carne más firme y un punto de salinidad que no necesitan más que un toque de limón. Las nécoras de esta costa tienen un rojo vivo que ya las delata en la lonja, y las centollas llegan con un tamaño que sorprende a quien está acostumbrado al marisco de supermercado.
Si hay un plato que define la experiencia en El Muelle es el centollo a la plancha con aceite de oliva virgen extra y una pizca de pimentón de la Vera. Te lo traen entero, abierto, con la carne brillante y ese aroma a mar que no engaña. Las nécoras se cocen al momento, y si pides una ración generosa te las sirven en una fuente con el caparazón roto para que llegues a cada rincón sin pelearte. El pulpo a la feria —tierno, con pimentón grueso y aceite de oliva— es otro clásico que nunca falla.
En verano, la terraza del Muelle es pura magia. Comes con las barcas balanceándose en el agua, el sonido de las gaviotas de fondo y esa luz dorada del Cantábrico que parece filtrada por un filtro de cine. Los turistas se mezclan con los veraneantes habituales, y el ambiente es de comedor al aire libre con estrella Michelin incorporada en forma de vista.
Pero el Muelle de invierno tiene otro encanto. El restaurante se queda con los locales, con los pescadores que bajan a tomar un café y una ración de calamares después de faenar, y con esos días de mar brava donde las olas rompen contra el puerto y la calefacción del interior se agradece como un abrazo. Los platos de cuchara ganan protagonismo: la marmita de rape y cigalas, el suquet de pescado y las sopas de marisco son el abrigo que necesitas cuando llega el cierzo.
El Muelle está a diez minutos caminando de las cuevas de Tito Bustillo, uno de los conjuntos de arte rupestre paleolítico más importantes de Europa. Hacer la visita a las cuevas por la mañana y terminar comiendo pescado fresco en el puerto es probablemente el plan más redondo que puedes hacer en el oriente asturiano. Si te da tiempo, la senda costera que sube hasta el faro de Ribadesella te ofrece unas vistas de la ría que te van a quedar grabadas.
El truco de los locales: reserva para comer pronto, hacia la una, si quieres mesa en la terraza. En verano se llena enseguida. Y si el centollo es de temporada, no lo pienses dos veces.