Información
- Cocina: Asturiana tradicional, Carne de buey, Cocina de autor
- Precio: €€
- Web: Sitio Oficial
Si hay un restaurante que justifica por sí solo una escapada al occidente profundo de Asturias, ese es El Torneiro. Situado en Villayón, un pequeño concejo de montaña rodeado de praderías verdes y bosques de castaños, este establecimiento lleva décadas cocinando con la filosofía más honesta que se pueda imaginar: productos de kilometro cero, recetas ancestrales y una pasión por la buena mesa que se nota en cada plato. Regentado por Mirta Rodríguez, miembro del Club de Guisanderas de Asturias, junto con su marido Santiago, El Torneiro combina tradición y autoabastecimiento de una manera que pocos restaurantes en el Principado pueden igualar.
La gran estrella de la casa es, sin duda, el pote asturiano. No el pote genérico que se encuentra en muchos menús, sino una versión auténtica del suroccidente asturiano elaborada con rabizas, las primeras hojas tiernas del nabo, en lugar de las berzas más habituales. El resultado es un caldo de sabor profundo y verdadero, con una textura sedosa que acarrea los aromas de la tierra. Pero lo que realmente distingue a este pote es el compango: además del chorizo, la morcilla y el tocino, se sirve con oreja de cerdo y chosco de Tineo, un embutido tradicional elaborado con cabecero de solomillo y lengua. Todo ello se presenta en una sopera al centro de la mesa para que cada comensal se sirva a su gusto, por apenas veinte euros. Es, probablemente, uno de los mejores potes de todo Asturias.
La segunda gran razón para visitar El Torneiro es su carne de buey. Hace doce años, Mirta y Santiago tomaron la decisión de criar sus propios animales de raza casina, también conocida como asturiana de la montaña. Estos bueyes, que pueden llegar a pesar alrededor de mil kilos, se crían durante un mínimo de nueve años en las fincas de los alrededores del restaurante. El resultado es una carne extraordinariamente sabrosa, con un marmoleado generoso que la hace tierna y jugosa. La costilla hecha a baja temperatura, a veinticuatro euros, es un plato que difícilmente se olvida: melosa, con ese sabor intenso que solo da una carne madurada lentamente en libertad.
La carta ofrece otras joyas de la cocina asturiana de montaña. El repollo relleno de carne de buey, a dieciocho euros, es otro plato bandera que combina la suavidad de la hoja de repollo cocida con el sabor concentrado de la carne de la casa. La cecina, calificada de sobresaliente en la crítica especializada, se sirve en ración generosa por dieciocho euros y medio. También destacan las croquetas cremosas, el guiso de callos, las albóndigas caseras y, por supuesto, la chuleta de buey, que se cotiza a ciento cuarenta y cinco euros el kilo. Para quienes prefieren pescado, el bacalao confitado con verduras o en ensalada es la única opción marítima de una carta que es, esencialmente, un homenaje a la tierra.
El local es un hotel rural con cinco habitaciones, lo que permite a los comensales convertir la visita en una escapada completa. El comedor es modesto y acogedor, sin pretensiones estéticas pero con una calidez que invita a quedarse. Por las mesas se alternan trabajadores de la zona que acuden por el menú del día con comensales llegados de Oviedo, Gijón o incluso más lejos, atraídos por la fama del pote y la carne. Ese mezcla de clientela local y foránea es siempre buena señal en un restaurante.
El precio medio ronda los cuarenta euros, una cifra más que razonable para la calidad de los productos y el trabajo que hay detrás de cada plato. Solo abren al mediodía, de lunes a domingo, por lo que conviene planificar la visita con antelación, especialmente en fines de semana de temporada alta. La carta de vinos está mejorando, aunque todavía tiene margen de crecimiento respecto a la offering gastronómica. Los postres son caseros y correctos: requesón, arroz con leche y flan, todos a precios contenidos que invitan a rematar la comida con un dulce tradicional.
El Torneiro es, en definitiva, una rareza en el panorama gastronómico actual: un restaurante que cría sus propios animales, cocina con las verduras de la temporada y mantiene vivas recetas que en muchos lugares ya se han olvidado. Villayón no está en la ruta turística habitual de Asturias, y eso es precisamente parte de su encanto. Llegar hasta El Ensanche número siete es un pequeño esfuerzo que se recompensa sobradamente con un pote inolvidable y una chuleta que sabe a campo y a paciencia. Una parada obligatoria para quien quiera conocer la cocina más auténtica y profunda del occidente asturiano.